


Lo curioso de esta incógnita sin respuesta es que "Matrix Revolutions" da comienzo con nuevas preguntas que se han de resolver antes de que el filme retorne a su trama principal y, para mi gusto, más intrascendente, en este caso el ataque de la ciudad subterránea de Zion por parte de las perforadoras y de los centinelas. descubrimos entonces a un personaje tan curioso como El Ferroviario, encargado de llevar al sistema central a todos los programas que ya no resultan útiles en el mundo de Matrix. Es entonces cuando aparece otra de las variables que rompe con los esquemas establecidos por el Arquitecto: la posibilidad de que un programa también tenga sentimientos (de ahí la importancia de estas escenas, que muchos han calificado equivocadamente de triviales).

La historia de los Wachowski, seguramente un tanto pretenciosa en su conclusión, no es otra que la de un nuevo Cristo que no ha llegado a la Tierra para reinar, sino para construir un punto de partida hacia un mundo mejor y utilizando para ello un arma nueva: el amor. Las referencias religiosas, tan comentadas en la primera entrega de "Matrix", se hacen ahora mucho más evidentes, descubriendose además dos movimientos antagonistas, representados magnificamente en el filme por dos de sus mejores personajes: El Oráculo y El Arquitecto. Ambos son inteligencias artificiales, pero mientras que en una anída la esperanza y la fé, la otra es fria y matemática, compensandose y equilibrandose a la vez tan divergentes personalidades, que son fruto, por cierto, de la verdadera naturaleza de las máquinas, pues no hay que olvidar que han sido creadas por humanos de mentalidades tan opuestas como, por ejemplo, la de Morfeo-creyente-o el comandante Lock (agnóstico). Ahí radica, pues, la famosa elección a la que continuamente hace referecnai el Oráculo, a la posibilidad de decantarse por una u otra opción, al hecho de que cada uno decida por sí mismo el papel que quiere desempeñar en la vida.




